...Érase que se era una
Luna, pizpireta y altanera, que aun habiéndose criado a la sombra de arrumacos,
mimos y zalamerías (o quizás por ello) conservaba en su interior, y los
mostraba de vez en cuando, los rasgos más
genuinos de sus orígenes felinos: inteligencia, perspicacia,
independencia, ternura, testarudez y... ¡¡mala leche!!
Luna era capaz de hablarte con la mirada, con las
orejillas, con el rabito... con los bufidos... con los mordiscos... con los
gruñidos... con los zarpazos a destiempo... aunque todas sus demostraciones denotaban un
infinito cariño; un desbordante deseo de comunicación con el género humano; un
inenarrable e infinito afán de demostrar a todo aquel que le prestara un mínimo
de atención lo que ella podía entregar a cambio de muy poco, de casi nada, de
lo más nimio e insignificante que existía en el modesto hogar donde habitaba...
¡¡un buen filete de solomillo!!
La tenacidad de Luna ante un plato de comida era casi inaudita: brincaba y
rebrincaba alrededor de la mesa; abría puertas y ventanas sólo con sentir el
oloroso tufillo de su guiso preferido; se constituía en recordcat de los 10
metros lisos; ahuyentaba a puñetazos a su hermana Mora para que no se
interfiriera en su camino hacia el oloroso, sabroso y exquisito objetivo
carnívoro...
Sin embargo, amaneció un mal día en que Luna hizo caso
omiso de los, hasta entonces, irresistibles aromas culinarios. Acurrucada en su
sillón preferido, se mantenía quieta, inmóvil, con la mirada triste y perdida
en el infinito... Una radio hablaba al otro lado del salón. Una voz humana (al
menos eso le pareció a ella) bramaba en un idioma incomprensible e inexplicable
horrorosos mensajes con negras amenazas sobre guerras, sobre armas, sobre
ambiciones petroleras. Un Animal Racional del Norte, le echaba en cara no sabía
qué a un Dictador del Sur...
Y Luna pensó que tal vez no merecía la pena llevarse mal
con sus compañeras de vida por un simple y vulgar, aunque deliciosamente
apetitoso, filete de solomillo; que tal vez no merecía la pena morder, gruñir y
arañar (como creyó entender que el salvapatrias extranjero del Norte pretendía hacer con el dictador todopatria
del Sur) por un superficial e insensible bocado de comida que, a fin y al cabo,
no se le había negado nunca...
Y a partir de entonces, Luna fue feliz. Y a partir de
entonces, Luna disfrutó de la vida plácidamente, junto a Rabi, junto a Mora, junto
a Concha, junto a Raquel... y cerca de todos aquellos humanos que le ofrecieron su cariño desinteresadamente. - JUNIO 2004 -
P.D. Este cuento va dedicado a Marta, una pequeña seguidora de este blog, que sueña con ser una gran escritora. Su mamá es Margari y sé que está orgullosísima de ella.