Gracias a mis amigos Blanca (directora, organizadora y coordinadora del evento),
Pablo (ejecutor, organizador, coordinador y, además, Administrador del blog
lapizplumapapel) y Ángela (colaboradora y principal punto de apoyo de los dos anteriores), hemos podido disfrutar de jueves a domingo de unas jornadas literarias de altísimo nivel. Allí estuve con mis "Sobresaltos", con mi "Hora del pan con chocolate", con mi ilusión y mis ganas de dejar en el aire colmenareño algunos versos y muchas esperanzas.
Entre cuentacuentos, mesas redondas, talleres literarios, y actuaciones musicales, la Poesía ha tenido una presencia destacada el viernes día 9. Juan Francisco Lorenzo, Toñi Lorenzo, Víctor de la Morena y el Dúo Euterpe (música y poesía unidos por la magia) fueron desplegando por el escenario emociones y sensibilidades que calaron hondo entre los espectadores que, detalle a destacar, abarrotaron el salón de actos de
Espacio 1000 usos, que con gran acierto e ilusión dirige mi amiga Blanca.
Ayer, sábado 10, le tocó el turno a la Prosa. La magia, las historias que bordean lo imaginario y lo real, acudieron a la cita de la mano maestra de mi hermano
Luis Miguel (Román). Sus "sombras" se hicieron notar, pero no estuvieron solas. Nuevos relatos dejaron despuntar futuras y agradables sorpresas. Junto a Luis Miguel, también nos ofrecieron momentos inolvidables los escritores Gonzalo Mellado, Ana Isabel Fernández Bernabéu y Manuel Athané.
No sabía cómo cerrar esta reseña. Me he estrujado el cerebro, de un lado, de otro, de arriba a abajo... todo me parecía poco para corresponder las atenciones y el cariño con que nos han recibido y tratado Blanca, Pablo y Ángela. Y me ha surgido esto:
Un día, en el lugar y momento adecuado y preciso,
aparecen por detrás de la puerta,
debajo del escenario,
o por las rendijas casi diminutas
de la ensoñación más real,
las personas que dan otro color a tus versos.
Los murmullos, las teclas del piano imaginario,
los bordones, con voz o melodía,
las margaritas abrazadas por un papel de celofán,
el retrato risueño de la mano creativa,
el teclado que escucha con pasión un sentimiento,
la lágrima que asoma, sin permiso de su dueño,
se dejan ver junto a una ventana,
al fondo del pasillo,
sobre la silla plegable donde reposa el cariño.
Y un día, en el lugar y momento adecuado y propicio,
llámese Colmenar o la tarde de un viernes,
los amigos se agigantan,
se deslizan sin ninguna dificultad
entre las rendijas de la ensoñación más real.