Cuando recaló en la gran ciudad europea no levantaba los ojos del suelo. Tembloroso y huidizo, traía como realidad la extrema pobreza, los rigores del hambre y la esclavitud sobre sus hombros desnudos de caricias.
- Me llamo Javi. Quiero ser tu hermano desde ahora.
- ¡Ya tengo nueve hermanos! En la jaima no cabe nadie más, contestó turbado.
Una sonrisa de complicidad bastó para que sus temores desaparecieran. Al lado de Javi compartió secretos con la mirada y descubrió el valor de los abrazos con sabor a caramelo de fresa.
Llegado el otoño, de regreso a su hogar de granitos de arena, siempre se lleva abrochado a la maleta el anhelo de una vida futura más justa, de un porvenir menos ingrato y brutal.
