De pequeña, creía en los Reyes Magos con ferviente y amorosa esperanza. Mis peticiones a los todopoderosos monarcas se iban haciendo realidad cada 6 de enero. Claro es que, como mi familia pertenecía a la denominada clase media baja, si en mis cartas yo solicitaba una determinada muñeca con renombre mundial (allá en los 60 ya empezaban a surgir las famosas Barbies), a los pies de mi cama siempre se desperezaba junto a mí una preciosa colección de divertidos recortables que me proporcionaban horas y horas de entretenimiento y disfrute, montando y desmontando sobre los hombros de aquellas muñequitas de papel (decorosamente dibujadas con camiseta y braguitas de lo más decentes) una gran variedad de vestiditos apropiados para cada época del año. Hubo un año en que se me ocurrió pedir un coche de pedales pero, claro está, los reyes no estaban para esos lujos y, en su lugar, apareció en el salón de mi casa un modesto, aunque noble, caballo de cartón, anclado sobre una tabla con cuatro ruedas...
Por aquel entonces, éramos felices con el juguete más humilde; disfrutábamos de los juegos con imaginación y solidaridad: carreras de chapas sobre las frías baldosas de cemento, partidas de tabas alrededor de la mesa camilla (los juegos reunidos llegaron más tarde), un escondite inglés improvisado en el patio interior de nuestra casa. España vivía en color sepia, pero nosotros transformábamos esa monocromía en paisajes multicolores de la única forma que sabíamos: soñando con los ojos abiertos.


