ojos


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lunes, 1 de abril de 2013

MÁSCARAS


Se quedó absorto. Acababa de esconder la palabra FIN del último libro que le habían recomendado y le llamó la atención el insistente golpeteo de las gotas de lluvia contra los cristales. El cielo, plomizo y plata, le lanzó una estruendosa carcajada. Vaya, parece que va a caer una tormenta. De inmediato, se acercó a la oscuridad del ventanal y apoyó su frente contra la fría cristalera. En ese instante, un inesperado fogonazo le deslumbró hasta dejarle con la sensación de haber iniciado un viaje a través del túnel de los días perdidos. Se encontró rodeado de extraños personajes, aunque no le resultaban desconocidos en su totalidad. Vestían unas túnicas elegantes y variadas en su coloridos; sus rostros aparecían cubiertos por máscaras. Máscaras negras y blancas. Intentó acercarse a ellos, tocarlos, pero una pequeña descarga eléctrica se lo impidió. Debe de ser la electricidad de la tormenta. Fue a hablarles, a dirigirles la palabra, para interesarse de dónde procedían y por qué se habían presentado todos a la vez en su habitación. Pero la voz se negó a salir de su garganta. Carraspeó varias veces. No hubo manera. Sus cuerdas vocales no le obedecieron. Insolentes y descaradas, como si se hubieran vuelto de cartón, le negaban la posibilidad de articular una palabra con el volumen adecuado para que sus improvisados visitantes le pudieran escuchar. Decidió gesticular: el mismo fracasado intento le acompañó. Su rostro y sus brazos permanecieron rígidos, estáticos, inmóviles. Así pudieron transcurrir minutos, horas, tal vez días enteros. Él, de pie; ellos, en la misma arrogante postura con la que aparecieron en la estancia. Frente a frente. Él, sin apartar su mirada de aquellas máscaras; ellos, sin mostrar la más mínima intención de darse a conocer. Sin embargo, por un instante, volvió a percibir con levedad que esas túnicas, ataviadas con su correspondiente careta, ya le habían acompañado en otras ocasiones.
El último trueno de la tempestad se dejó de oír a través de ecos cada vez más lejanos. Parpadeó para recobrar la calma. Seguía en pie. Abstraído. Pensativo. Las máscaras negras y blancas habían desaparecido del aposento. Respiró profundamente. Abrió la ventana y dejó que el olor a tierra mojada le invadiera los sentidos. Se encogió de hombros y sonrió. Al fin y al cabo, solo ha sido una tormenta de primavera.