ojos

sábado, 13 de febrero de 2016

AMIGA DEL ALMA


Con tu punto exacto de locura, con tu pequeño gran misterio, con tu puerta siempre abierta a la fantasía, con tu voz tan cercana y real. A ratos cariñosa; otros, arisca o brutal en tus palabras. Los más, fiel y leal compañera. Horizonte claro en tiempos oscuros (cuando te escondías detrás de las cortinas invisibles con acceso imposible para la mayoría sometida), lazo de unión en días rotos por la incertidumbre, creadora de sueños, acompañante en los desvelos, en las nostalgias, en las separaciones, en las cercanías. Entrañable, querida. Mi gorrión de cabecera. Tan imprescindible en cualquier momento del día o de la noche como una taza de chocolate con picatostes en los fríos invernales. Atrevida, mágica, locuaz. Herramienta de ilusión masiva. El personaje de los personajes. Ilustrada, prudente, insensata. Volátil cuando me hablas de la historia de otros seres de los que huyes en mi presencia. Mudable según el punto del dial en que te escuche. Tú decides las formas, el tempo, la canción o el poema, el kilómetro en el que hemos de parar a tomar café. Sí respondo, o no, cuando llaman a la puerta. Con tu punto exacto de locura. Que siempre armoniza con el mío.

miércoles, 10 de febrero de 2016

MULTICOLORES


Al sol de la tarde
la ropa presume de ser
funambulista.
Sin red. Sin quitamiedos.
De ventana a ventana
la piel desnuda
se torna coraza de nube
y lanza su grito indomable
por los cielos de Vallekas.
Mezclan su sangre
algodones de todos los colores
mientras corren al fondo
en busca de nuevos aliados.
Sombra y sol parecen uno.
Sin red. Sin quitamiedos.

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miércoles, 3 de febrero de 2016

TRASPIÉ




Descendí por las escaleras del metro como un saltamontes. Iba tan descontrolada que no me fijé en ella. A las ocho de la mañana, camino del trabajo, entre el sueño y las prisas, cualquier estación del suburbano madrileño  se convierte en un maremágnum de cuerpos que deambulan como autómatas por los andenes. Tropecé y caí de bruces sobre una sábana. Pulseras, collares, abanicos, gafas y demás abalorios salieron despedidos a lo largo del pasillo. El golpe me dejó tan aturdida que no podía ni levantarme. Me miró con gesto de horror y vino hacia mí, mientras bramaba a voz en grito unas palabras ininteligibles. Me asusté al verle tan irritado. Se acercó, me levantó con sumo cuidado y cuando comprobó que mi estado de salud no había sufrido daños, con paciencia y serenidad, se puso a colocar de nuevo su sustento encima de la sábana.