ojos

lunes, 28 de noviembre de 2011

PURA ¿FILOSOFÍA?

¿Sobre qué quiero escribir esta tarde? Pura filosofía. Eso es. Mi pluma me pide una reflexión, un pararme a pensar. ¿Sobre qué? ¿En quién? Miro a la ventana... y medito unos segundos. Me levanto, abandono por unos instantes el ordenador y busco en el diccionario: ..."incapacidad para tolerar o aceptar la opinión o deseos de otra persona en contra de los propios".  Esta es la definición de la palabra "INTRANSIGENCIA". No ha sido el azar, no, el que ha traído hasta mis ojos estas cinco sílabas. Debían de estar rondando mi cabeza desde hace algunos minutos porque apenas he tardado un suspiro en encontrar el significado. Si hablamos de voluntades, toda persona tendría que ser capaz de actuar con nobleza, objetividad y empatía ante comportamientos que no comprende o que van en contra de su entendimiento y querencia. Así pues, si alguien es incapaz de tolerar o aceptar lo que otra persona  propone sin menoscabar, humillar, despreciar y descalificar la actitud que se pretende llevar a cabo, yo no solo le doy un calificativo, el mencionado anteriormente, sino que sumo algunos más que el lector puede añadir de su propia imaginación. El resultado de este explosivo cóctel me lleva a una deducción: por mucho que algunos filósofos se hayan esforzado a lo largo de la Historia de la Humanidad en razonar adecuadamente las inexplicables reacciones de algunos seres ¿humanos? Lo siento, pero arrojo la toalla. Me viene a la memoria el nombre de aquel pensador de la antigua Grecia, maestro de ¿Platón? que "no escribió ninguna obra porque creía que cada uno debía desarrollar sus propias ideas". Las mías cada vez las encuentro más enredadas... ¿Será verdad que no sabemos nada?



martes, 22 de noviembre de 2011

PREGUNTAS SIN RESPUESTA

          Enfrente de mí, Kafeto (gato sabio donde los haya) me mira con fijeza desde sus negras y dilatadas pupilas nocturnas. Gira las orejas en cortos ángulos de 45 grados atento al máximo ante cualquier iniciativa mía de incitarle para jugar con su pelota preferida. Olfatea con interés las cuatro esquinas de la pantalla del ordenador desde donde estoy escribiendo y, con pausados y displicentes movimientos, se da la vuelta y deja reposar su amplia y mullida arquitectura sobre el cómodo sofá en el que nos disponemos a dialogar (Kafeto y yo conversamos de vez en cuando) sobre los últimos aconteceres al otro lado de estas cuatro paredes.  Yo le digo que no me gustan los tiempos que corren en el mundillo de la política... y el asiente con la cabeza; yo le sigo diciendo que no me fío de los dirigentes que se han encaramado en lo alto de la pirámide que rige nuestros pasos como ciudadanos libres... y él asiente con la cabeza; también le digo que habrá que seguir atentos todos sus actos para llamarles la atención si traspasan el límite de lo permisible en el modo de apretarnos las tuercas y dejarnos huérfanos antes de tiempo de los pequeños privilegios que hayamos conseguido en las últimas décadas de bonanza económica... y él asiente con la cabeza. Cuando le pregunto qué opina sobre el futuro que nos aguarda, no solo a nosotros dos sino también al resto de mutuos congéneres, Kafeto pega un brinco y se aleja con andares modélicos y elegantes hacia su comedero,  da unos pequeños bocaditos a su exquisita y nutritiva comida, bebe unos sorbitos de agua fresca del recipiente que siempre tiene a su disposición y regresa con el mismo paso, entre cansino, sosegado y bonachón, hasta el  hueco del sofá que abandonó momentos antes. Me mira, bosteza, se atusa los bigotes, sacude con envidiable  parsimonia su brillante y acafetada melena, se tumba sin recato sobre la revista que estoy ojeando, entorna los párpados, ronronea en varios idiomas a la vez... y se queda profundamente dormido.

viernes, 18 de noviembre de 2011

CIENCIA FICCIÓN

Desde el otoño, en una típica tarde lluviosa y templada en Vallekas, me paro a pensar en lo que va a ocurrir a partir del próximo lunes 21 de noviembre. Primer día después de unas elecciones generales. Me gustaría ser Julio Verne, y escribir "De la Tierra a la Luna", o Lewis Carroll y atravesar el espejo junto con Alicia para pasearme por Europa y descubrir lo que nos tienen preparado en los años venideros, o ¿por qué no? hermanar mi pluma a la de Robert. A. Heinlein (¡qué honor!) y relatar con todo detalle, y una pizca de rabia furibunda, la auténtica historia de una siniestra invasión alienígena reencarnada en el siglo XXI. Los amos y los títeres jamás podremos caminar en las mismas condiciones. Es más, los hilos de la desigualdad se van alargando más, y más, y más... Nos ha tocado ser títeres, lo siento... ¡Aaaah, si hubiera nacido en la época de Cervantes o Lope...!

miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL OBJETO

Entro en los grandes almacenes y fijo mi atención en el objeto. Serena, acorto la distancia entre él y yo. Las luces del entorno dan la tonalidad más adecuada para que nadie aprecie nada extraño en mi comportamiento. Dentro de la vitrina, él resplandece como solo las grandes estrellas saben hacerlo. El hilo musical contribuye a crear el ambiente adecuado. Deseo poseerlo y lo intento alargando mi mano hasta límites insospechados. Lo tomo entre mis dedos. Se estremece. Todo está controlado. El objeto. La vitrina. La gente a nuestro alrededor. Todo está controlado menos los latidos de mi corazón.

martes, 15 de noviembre de 2011

PESADILLA

Bebió la gaseosa mientras echaba un receloso vistazo a su alrededor. La cafetería del hotel ofrecía un diseño vanguardista. Espacios inmensos, luminosos, con los últimos avances tecnológicos colgados del techo. De niño le atraía la arquitectura, pero la tradición familiar le obligó a elegir la abogacía como profesión. Y en ese punto estaba, recién estrenado su flamante título. Tembloroso, miró el reloj. Su contacto se retrasaba. Respiró profundamente, cogió el maletín y se encaminó a su habitación. Una voz picuda y avasalladora le hizo detenerse antes de alcanzar el ascensor. “¡Yo no recibo órdenes de nadie ni hago pactos con leguleyos novatos…!” Asustado, dio media vuelta y se escondió tras un artilugio decorativo que simulaba un banquillo en posición vertical. Se imaginó allí sentado, en una postura imposible, inculpado de los más despreciables delitos… Sonó un despertador. “Roberto, cariño, vas a llegar tarde al examen de Geometría Descriptiva”.

domingo, 13 de noviembre de 2011

LUNA VIAJERA

“Allí la descubro: amanecida, bella, sugerente; altiva y espléndida en su redondez, se marcha misteriosa tras la arboleda que circunda las vías del ferrocarril, mientras vuela displicente sobre la marquesina decimonónica de la estación de Atocha.”

Adriana no puede evitar la emoción, que le brota en los ojos cuando recuerda aquella locura de adolescente. Diecisiete años y un tocadiscos eran toda su fortuna; Bob Dylan y los Beatles, una ilusión por descubrir. Pero le descubrió a él, diecisiete años y  dos bautizos más, detrás de las cortinillas de un vagón de tercera.

Eugenio había vivido lo suficiente como para darse cuenta de que ella sería la gran pasión de su vida. Licenciado en subir y bajar maletas, no dudó lo más mínimo cuando las exigencias de la honestidad y los mandamientos de la sociedad le obligaron a tomar el camino equivocado.

“El transcurrir de los años no me impide reconocerla desde la inolvidable primera vez. Voluptuosa y furtiva, su brillo crepuscular acariciaba nuestros cuerpos y jugaba al escondite tras la ventanilla importuna de aquel vagón de tercera…”

No tiembles, aún es temprano… y ella va a guardar nuestro secreto durante toda la vida.

viernes, 11 de noviembre de 2011

DE MADRUGADA

A Toño iban a darle el "paseo" aquella noche. Era el siguiente en la lista, tras su padre, mi abuelo. Sin embargo, ocurrió lo imprevisible: sus verdugos, a la hora en que debían ir a buscarle a casa para cumplir el macabro ritual, tomaron un camino equivocado y se perdieron en el bosque. Toño era leñador. Conocía los senderos como la palma de su mano. Aquella madrugada cuatro fusiles asesinos quedaron mudos antes de llegar a las tapias del cementerio. Y mi madre lloró de alegría.

domingo, 6 de noviembre de 2011

BUENAS RAZONES

Isabel hablaba y hablaba con ese gesto tan suyo de mirada inflamada y ojos desorbitados. Su interlocutora, respondía a las preguntas con  monosílabos entrecortados y sonrisa poco convincente. ¡Oh…! No… ¡Oh…! Yo… No… Pero ella insistía en su indignación, como poseída por un sinfín de buenas razones que la llevaban en volandas a postularse en abanderada de la ley y el orden.

            Era temprano, apenas el mediodía acababa de empaparse de cemento y discos en rojo. El Paseo del Prado engullía con su murmullo a los más diversos visitantes que en la mañana otoñal respiraban los aires contaminados de la ciudad. Una improvisada banda, apenas seis o siete músicos aficionados, interpretaba con estruendo insoportable el tema principal de la película “Bonnie and Clyde”.  Encinas, eucaliptos rojos, castaños de indias y algún que otro ciprés común se dejaban divisar a lo lejos en el cercano parque del Retiro.

            Furibunda, aunque coloquial, trataba de entender el razonamiento que en un español apenas perceptible le brindaba aquella chiquilla de pelo oscuro, mal recogido en una trenza,  y modales irreverentes y desafiantes. Yo a ti, no. Nunca a gente de aquí. Yo nunca a ti. Al cabo de casi media hora de desigual conversación, los colores del arco iris aparecieron levemente en el horizonte, en su semblante. La borrasca emocional tomaba otro cariz. Diríase que una especie de bálsamo protector y comprensivo se extendía sobre la escena matritense. El tono de su voz empezó a moderarse. Las palomas y los gorriones volvieron a agruparse en torno a un quiosco de prensa cercano, de donde habían escapado momentos antes, invadidos por el pánico, como si se les viniera encima un accidente nuclear.

            Esther, al principio del encontronazo con las tres desconocidas, no daba crédito al aluvión de improperios que su amiga lanzaba contra ellas. Durante unos instantes, incluso se postuló claramente del lado de la honestidad y reaccionó con firmes y acusadores alaridos para afear la conducta de las supuestas ladronas. Luego, interpretó con claridad que su intervención no era en absoluto necesaria y se quedó a la expectativa en la retaguardia.

            ¿De dónde sois? ¿Cuántos años tienes? Ya… ya. Isabel escuchaba y escuchaba con ese gesto suyo, tan habitual, de mirada lluviosa y ojos de jarabe de melaza. Momentos después descendía por las escaleras mecánicas de un centro comercial cercano, camino del supermercado. Tras ella, desconcertadas y con entusiasmo mal disimulado, andares agradecidos y espíritu conciliador en sus semblantes, tres muchachas callejeras, de profesión amigas de lo ajeno,  daban por terminada la jornada laboral.

sábado, 5 de noviembre de 2011

AMORES DE PATIO

“Era tan poco en la vía, tan poco que nada eraaa, por no tener no tenía, ni mare que lo quisieraaa.” Quintero, León y Quiroga cruzan las barreras invisibles de la vieja corrala a través de unos cristales mordidos por los años y la suciedad. Dos pisos más abajo, en el tercero izquierda, Tino se esfuerza en vano por aislarse de aquella maldita cancioncilla que ya no podrá quitarse de la cabeza en toda la tarde. En un diminuto salón-comedor-cocina-cuartodestar y sobre un raído, pero limpio, mantel de hule color caramelo, los brazos del chico reposan en tensión mientras sus manos sujetan con firmeza un ejemplar del Código Civil. Por tradición familiar ejercerá la misma profesión que su padre. En la pequeña ciudad castellana que lo vio nacer quedó el padre, procurador de los tribunales y viudo desde el mismo momento en que la débil salud de la madre no logró superar el parto en el que lo trajo al mundo.  Ahora, el estudiante se esfuerza en ponerle a su futuro un sello de dignidad y brillantez que haga sentirse orgulloso a su progenitor, si es que la tonadilla que le impide concentrarse como debiera en los indescifrables y farragosos términos jurídicos se lo permite. ¡Esto es insoportable! El próximo curso buscaré alojamiento en un Colegio Mayor… El chico, visiblemente irritado, aprieta las manos contra sus oídos mientras grita y repite por enésima vez, con toda la potencia de su garganta: ¡Título séptimo, Capítulo primero, artículo doscient…!

Los años 50 duelen a las gentes que viven en los barrios obreros de las grandes ciudades. Jornadas de más de doce horas para un sueldo insuficiente. Habitaciones con derecho a cocina. Cuartos de aseo colectivos en los patios de las corralas. Pero la misma mirada alegre, la misma sonrisa sincera, el mismo saludo desenfadado cada vez que se cruzan con un vecino en el ir y venir habitual atravesando corredores o subiendo y bajando escaleras.

¡Loliiiiiii! ¡Sube ahora mismo, la comida está encima de la mesa! En el quinto derecha, Loli y su madre se disponen a dar buena cuenta de un sabroso, aunque austero, plato de cocido madrileño. La niña ha de volver al instituto y en su rostro se refleja el fastidio y el aburrimiento por enfrentarse de nuevo, como cada tarde, a esa mujerona de pelo estirado en un moño bajo hasta límites insospechados y mirada acusadora, autoritaria y torpe llamada “señorita Lupe”. Qué ganas de hacerme perder el tiempo. Un día me cruzaré en el portal con  alguien, no sé… el vecino de abajo… dicen que va para abogado ¡tan guapo!… aunque a mí esa vida no me atrae. Prefiero echarme de novio  un cantante, un torero, un locutor de radio…

A Loli, quince años recién cumplidos, le apasiona escuchar la radio. Encima del aparador que preside el salón-comedor-cocina-cuartodestar ella siempre recuerda un aparato Eureka de madera funcionando a todo volumen. La Piquer, Angelillo o Mairena se han convertido en  un miembro más de la familia. A falta de un padre que lleve el jornal principal todas las semanas, la madre de la joven trabaja en casa. Cose para las familias adineradas de la ciudad. Mañana, tarde y  noche, si es preciso. Al quedarse sin su amante legal, su compañía inseparable en cualquier momento del día es el “el octavo arte” como ella lo llama. No dicen que el cine es el séptimo, pues la radio es el octavo. ¡No hay que tener arte ni ná para lograr que nos embobemos tantas horas escuchando este maravilloso aparatito!

Se cruzaron por primera vez en el patio. Se saludaron. Hola. Ella se fijó en el negro zaino de sus ojos; él no sabría decir en cuál de las tres partes más atractivas de su anatomía había mirado primero. Quizá porque se ruborizó pensando en que aún era demasiado cría para sentir el respingo que le recorrió todo el cuerpo cuando se dio media vuelta para ver cómo se alejaba escaleras arriba. Ella volvía de clase y él acudía a su primer examen en la facultad. Por eso, en un principio, creyó que su nerviosismo se debía a la proximidad de la prueba y a su escasa confianza en superarla de forma satisfactoria. Durante los siguientes meses, aquel patio de vecinos fue el lugar preferido por ambos para verse. Eternas conversaciones al arrullo de los grillos, sentados en los escalones del hueco de la escalera. Primeros escarceos amorosos. Primeras dudas. Primeras discusiones. Loli, cariño, dile a tu madre que no ponga tan alta la radio. Retumba demasiado entre las paredes del patio y así no hay forma de concentrarme en el estudio.

La tarde en que la vio colgada del brazo de otro chico era primavera. Tino regresaba de la biblioteca de la facultad. El amor impidió su huida de la casa y la única manera de afrontar con éxito los exámenes era huyendo de aquellos gorgoritos inacabables y ensordecedores que repartía tan generosamente a toda la vecindad el aparato de radio de la madre de su novia.  El cielo barruntaba tormenta porque las nubes, cárdenas y amenazadoras, corrían como locas para abrazarse unas a otras y desencadenar un torbellino premonitorio de encuentros y desencuentros merecedor de figurar en el guion de una radionovela. Los vio de espaldas, muy juntitas las caras. No hacía frío pero se quedó helado. Era ella. No le cabía ninguna duda. En un segundo, comenzó a tronar y empezaron a caer las primeras gotas. Los relámpagos le deslumbraron como si quisieran confundirle y hacerle dudar de la escena que había presenciado. A continuación, algo parecido al diluvio cayó sobre él, que se había quedado parado en medio del patio, a la intemperie, con los ojos muy abiertos y el corazón tan apretado y dolorido como si el rayo que acababa de caer en algún descampado cercano le hubiera atravesado de parte a parte.

 Desde la ventana del quinto derecha, le llegó nítida e inesperada la dedicatoria de una canción: Con todo mi amor, para esa chica a la que nunca podré olvidar.  La soleá fue rebotando de ventana en ventana con la misma virulencia que la recién caída tormenta,  y la imagen de la pareja, cogida de la mano, corriendo a resguardarse en algún rincón oscuro del patio de vecinos se quedó grabada para siempre en su álbum de recuerdos.

  “La noche del aguacero/dime dónde te metiste/que no te mojaste el pelo”.



martes, 1 de noviembre de 2011

EL JÁKER

Abuelo, ¿qué es un jaker? La niña miraba con cara de gran interrogación a su acompañante, mientras paseaba por el parque cogida de su mano. El anciano, sobrecogido por la palabreja, y abrumado por la responsabilidad de no dejar a su nieta ante tamaña duda, se quedó mudo unos segundos... Abuelo, ¿no sabes lo que es un jaker? El pobre hombre enrojeció hasta el último pelo de sus vetustas orejas y siguió callado, los ojos perdidos en la lejanía, durante algún tiempo más... No te preocupes, abuelo, cuando lleguemos a casa, le pediré a papá que me lo explique él. Entonces, el abuelo suspiró profundamente, agachó la mirada y esbozó una tímida sonrisa. Sujetó con fuerza la mano de la pequeña y comenzó a tararear entre dientes una de las coplillas que aprendió de mozo, allá en los años 50, cuando cumplía la mili en el cuerpo de Intendencia: "En mi casa se ha metío, un intruso pinturero; dice que me quiere novia, y yo novio no le quiero..."