ojos

lunes, 5 de marzo de 2012

ZAPATILLA



¿Por qué los mayores son siempre tan mandones? Zapatilla, no hagas esto. Zapatilla, no hagas lo otro…

La vida de Zapatilla ha transcurrido desde que nació entre grandes campeones. Sus antepasados, llenaron de trofeos las vitrinas de los distintos jinetes que los montaron. Venían de una estirpe de purasangres (que, para quien no lo sepa, es una raza de caballos producto del cruce de la árabe con las del norte de Europa) acostumbrados a las grandes victorias en cualquier lugar del mundo. Conocieron a la flor y nata de los hipódromos. Y, cuando les llegó el momento de retirarse y de transmitir a sus descendientes lo que ellos aprendieron, lo hicieron de la mejor forma posible, lo mejor que supieron.

Cuando era potranca, que así llaman a las yeguas hasta los tres años, su ilusión de convertirse en una digna sucesora de sus antecesores no se vio defraudada. Siempre que saltaba a las pistas, más que galopar, volaba sobre los tapetes en los que corría, ya fueran de hierba o de tierra. Velocidad, fuerza y resistencia eran sus atributos. Aprendió las distintas disciplinas con una facilidad y una soltura dignas de la gran campeona en la que se quería convertir. Ahora, en carreras en plano; mañana, en carreras de vallas; al mes siguiente, en las de campo a través, también sobre la arena de la playa. En todas destacaba y en todas lograba que su familia y amigos se sintieran orgullosos de ella.

De cría, con apenas tres meses de vida, a ella le hubiera gustado más ser artista de circo. Danzar con elegancia y guapeza al son de la música, junto a los elefantes y a los demás animales que viven y trabajan bajo las carpas. Trotar el vals de las olas, dando vueltas y vueltas sobre sí misma mostrando en cada equilibrio todo el donaire que llevaba en su sangre. Pero la tradición familiar y, sobre todo, sus facultades físicas, prevalecieron. Zapatilla no podía ser otra cosa que competidora y campeona en las grandes rectas de los hipódromos. Hubo una etapa en su aprendizaje que también se quedó prendada de los ejercicios que realizaban algunos de sus amigos en competiciones de saltos con obstáculos. Saltar rías, obstáculos verticales, combinados… la habilidad por encima de la fuerza. Pero, como todo el mundo, Zapatilla no era perfecta. Ella tenía un físico importante, una fuerza fenomenal, pero la destreza y la pericia no eran lo suyo. Digamos que era un pelín torpe para domesticar su cuerpo en filigranas y otras habilidades.

Una vez, a nuestra amiga la llevaron de vacaciones a una ciudad andaluza llamada Jerez de la Frontera. Allí se hizo muy amiga de un potro de cuatro años, Danzón, que iba a aprender a una escuela llamada Real Escuela de Arte Ecuestre. Y Zapatilla se embelesó con las figuras, bailes y piruetas que realizaban. A cada ejecución de un ejercicio, los ojos de la potrilla se ponían redondos como luna llena. ¡Qué envidia! Siempre al compás de la música clásica, los caballos son conducidos al paso o al trote, cambiando de ritmo y realizando giros y arreones. Y le entró la fiebre por dedicarse al espectáculo de la danza a cuatro patas. Zapatilla, cariño, no seas cabezota. Tú has nacido para competir en las carreras. Derrochas energía. Para lo pequeña que eres, siempre dejás atrás a tus amigos los mayorzotes porque posees el don de la velocidad. Además eres disciplinada y obediente cuando se trata de entrenamiento al aire libre, pero demasiado rebelde para tirarte horas y horas de adiestramiento en un espacio reducido. Tu carácter no lo aguantaría.

¿Por qué los mayores siempre quieren llevar la razón? No hubo forma de convencerla. Aquel otoño lo pasó en la escuela de aprendizaje para potrillas inexpertas en el ballet ecuestre. Tras una semana de ejercicios, el cansancio, la monotonía, el esfuerzo y la falta de memoria para retener los pasos que acompañaban a cada coreografía, su ilusión fue menguando. Lo que tenía que ocurrir, ocurrió y Zapatilla entre lloros e hipos suplicó que la sacaran de allí. No aguantaba más. Hora tras hora tras hora dando vueltas, girando ahora a la derecha, ahora a la izquierda al son de la misma melodía se le hacía insoportable. ¡Cuánto echaba de menos las correrías y entrenamientos por los bosques cercanos a su casa!

¿Por qué los pequeños se ponen tan testarudos en algunas ocasiones? A Zapatilla no tuvieron más remedio que darla de baja en la escuela. El futuro de la potrilla pertenecía a las pistas de los hipódromos. Entonces fue cuando nuestra protagonista se encontró con Bolero. Hermoso, avispado, ágil, veloz… pero un gandul de primera categoría. Como la historia de Bolero ya la conocemos, prefiero seguir con la de nuestra caprichosa y campeona corredora de grandes premios. Decía que a partir de la mala experiencia que tuvo con su antojo de aprender a bailar, puso todo su empeño en desarrollar sus aptitudes para la competición a la cual realmente pertenecía. Trotó, corrió, galopó los siete días de la semana como nunca lo había hecho antes. Jamás se cansaba. Nunca encontraba el momento de abandonar lo que para ella, por fin lo había descubierto, era su vida. En cada carrera que disputaba, la ganara o no (porque no siempre se puede quedar el primero en todo lo que se participa) se divertía como si nunca hubiera vivido aquella experiencia. Saltaba a la pista alegre, risueña, decidida a dar lo mejor que llevaba dentro para que su familia se sintiera orgullosa de ella.

Una vez, disputó una de las carreras más espectaculares del mundo, que se celebra en un rinconcito de Cádiz llamado Sanlúcar de Barrameda. Correr a ras del agua fue la experiencia más maravillosa que le había ocurrido hasta entonces. No quedó la primera, ni la segunda, ni la tercera, pero le dio absolutamente igual. El contemplar la  grandiosidad de la mar, el sentir la brisa sobre sus crines, mientras chapoteaba a galope tendido sobre las arenas de aquella playa, significó alcanzar uno de los trofeos que guarda con más satisfacción en su estantería de gran campeona.

¿Por qué los mayores siempre quieren lo mejor para sus pequeños? A esta pregunta que respondan los pequeños, que yo ya no lo soy.

F    I    N


Margari, Marta: Encontré a la amiga de Bolero y me contó su historia. Os la dedico.




13 comentarios:

Pedro Luis López Pérez dijo...

¡Que Preciosidad de Historia! Pedazo de Atleta, Zapatilla.
Los mayores siempre intentan hacer lo mejor por los más pequeños y contribuir a dejar su experiencia. No siempre es bien recibida, pero el tiempo, normalmente, les da la razón.
Un abrazo, Concha y un arrumaco para mi Kafetín.

KONCHA MORALES dijo...

Qué difícil es ser mayor y no equivocarse ¿verdad, Pedro? Un beso y ronroneos.

Margari dijo...

Me guardo la historia para mañana, para leerla junto a mi peque. Y llevarnos la sorpresa juntitas. ¡Gracias Koncha!
Besotes!!!

KONCHA MORALES dijo...

Felices sueños. Besazo!

ROMÁN dijo...

¡Qué suerte tiene Zapatilla de disfrutar de la arena gaditana! Pues yo tampoco creo que te pueda responder a la pregunta...
¡Precioso cuento, hermana!
Muases trotones.

LA VIEJA ENCINA dijo...

Tal vez es porque no queremos que cometan los mismos errores que nosotros, pero es inutil, ellos tienen que equivocarse para aprender. Como bien dice el refran "Nadie escarmienta por cabeza ajena". Gracias por esta preciosa hstoria Koncha, besitos

KONCHA MORALES dijo...

Jeje... Hermano, es que también eres mayorzote. Muás.

Silvia, llevas toda la razón. Y nuestro refranero, también. Besazo.

mientrasleo dijo...

Un relato precioso, con muchísimo para masticar.
Menuda pregunta... podría pasarme horas hablando sin decir realmente nada.
Besos

KONCHA MORALES dijo...

La respuesta la tienen los pequeños cuando se hacen mayores. ¿O no? Pues ahí queda. Un besazo, mientrasleo.

Luján Fraix dijo...

PRECIOSO RELATO QUERIDA AMIGA, LA PREGUNTA ME DEJA PENSANDO, PUES NO TENGO LA RESPUESTA.

QUIZÁ NECESITAN VERSE REFLEJADOS EN ELLOS.

BESOS GIGANTES
CARIÑOS Y RONRONEOS.

KONCHA MORALES dijo...

Gracias, Luján. El mundo de los mayores, a veces, es indescifrable. Besazo. Y ronroneo de Kafeto.

Margari dijo...

Esta tarde estuve leyendo el cuento con mi peque. Y aparte de que nos ha encantado, con las preguntas mi hija se ha hartado de reír... Porque las piensa. Y hoy seguro que las ha pensado más de una vez porque hoy ha sido día de ponerse seria con ella, que está en época rebelde...Que todos tenemos esos días, pero hay que pararlos.
Y me ha contestado a la pregunta... Porque los queremos mucho, mucho, mucho...Y cuando alguien quiere mucho, mucho, mucho a otra persona, siempre quiere lo mejor para ella. ¿A qué es para comérsela??? Que no me la he comido, porque hoy tocaba estar seria con ella... Pero de mañana no pasa!
¡Muchísimas gracias Koncha por este fantástico cuento! Y por la mención!!! Que es lo que más le sigue sorprendiendo a mi pequeña.
Besotes!!!

KONCHA MORALES dijo...

Margari, solo por imaginarme a tu peque riéndose ya ha merecido la pena escribir este relatillo. Mira que no te veo yo a ti muy "Rotenmeyer"... ¡Qué difícil educar a los "locos bajitos"! Y no lo digo por experiencia propia, que siempre he sido muy comodona para asumir esa responsabilidad. Creo que mañana debes darla un mordisquito ¿eh? Besazos para las dos.